A principios de los años 40′, Salvador Dalí entra en la que conocemos como su etapa Mística/Clásica. Como culminación de ese período encontramos ésta Obra, Cristo de San Juan de la Cruz de 1951, posiblemente, la Obra más humana y humilde que se ha pintado sobre la Crucifixión.

Dalí se inspiró a partir de un dibujo en el Convento de la Encarnación de Ávila y en dos sueños. En el primero vio a Cristo pintado por san Juan de la Cruz en Port Lligat, y en el segundo vio a Cristo sin los atributos de la Crucifixión.

El claroscuro domina el cuadro. Sobre fondo negro aparece iluminada la figura de Cristo con una luz que parece eléctrica:  La composición de la figura central, aparece como un triángulo invertido tomado desde una perspectiva aérea, Cristo con su cabeza mirando hacia abajo es el centro, está representado de una forma humana y sencilla. Tiene el pelo corto, muy distinto a las representaciones clásicas y tiene una posición relajada. Los brazos extendidos y levemente arqueados, parecen querer abrazar la misma Humanidad.

Para lograr éste hiperrealismo Dalí contó con un trapecista como modelo, Cristo no está herido ni clavado a la cruz; no hay llagas ni heridas, ni mucho menos sangre, no lleva corona de espinas y parece flotar junto a la Cruz y la sensación es que sale a nuestro encuentro. La musculatura de la espalda y los hombros, dan una sensación de fuerza y realidad tangibles además;  ni las manos, ni los pies están clavados a la Cruz.

La parte inferior del cuadro muestra un paisaje apacible, la bahía de Port Lligat. Abajo a la derecha, los dos pescadores que vemos son Velázquez y Le Nain. Entre el Crucificado y la bahía, unas nubes de tonos místicos y misteriosos, iluminadas por el resplandor que emana de la Cruz y de Cristo, crean una atmósfera de gran recogimiento.

Dalí afirmó que quería pintar el «Cristo más hermoso de cuantos nadie haya pintado,  que sea la antítesis absoluta del Cristo materialista y salvajemente antimístico de Grünewald”

Lo consiguió…

Comparte