Marco Aurelio no hablaba del dolor desde la teoría.
Lo conoció de cerca.
Uno de sus generales más importantes, Avidio Casio,
se rebeló contra él y se proclamó emperador
mientras Marco aún vivía.
Traición real.
Desde dentro.
De alguien en quien confiaba.
También circulaban rumores sobre su esposa, Faustina,
acusaciones, críticas, dudas públicas.
Verdaderas o no, el golpe estaba ahí:
la opinión, la sospecha, el juicio ajeno.
Marco no reaccionó con venganza ni rabia.
No se dejó consumir por el resentimiento.
En sus Meditaciones escribió algo clave:
las personas actúan según lo que creen correcto,
aunque estén equivocadas.
Entendió que no podía controlar
la lealtad de otros,
pero sí su propia respuesta.
No se endureció.
No se volvió cínico.
Se volvió firme.
La enseñanza es simple y dura:
si incluso un emperador sabio fue traicionado,
¿por qué tú exigirías que nadie te falle?
Cuando la gente te falla,
no pierdas tu centro.
Que la decepción no te robe
lo único que sí depende de ti:
tu carácter.
Ten esto en mente:
Si otros te fallan, recuerda:
no controlas sus decisiones,
pero sí tu respuesta.
Que la traición no te convierta
en alguien que no respetas.
Perder personas duele,
perder el carácter es peor.
Mantente recto.
Eso basta.
